Yo también soy de este siglo

“¿Qué significa ser un ciudadano culto y autónomo en la sociedad digital?”

La sociedad ha cambiado con el siglo, y a los que vamos a vivir entre uno y otro no nos queda más remedio que adaptarnos. Y si además tu vida transcurre formando a los ciudadanos del futuro es imprescindible estar en sus presentes, conocer sus intereses y la forma en que se comunican. ¿Y yo que les puedo enseñar? ¿Cómo puedo atraer la atención de los alumnos del siglo XXI habiendo nacido en el XX?

Desde que empecé a trabajar con alumnos de secundaria he intentado aprender de mi propia experiencia como alumna, recogiendo las estrategias de aquellos profesores que me cautivaron y me contagiaron esta ilusión por aprender que nunca me abandona. También he intentado aprender de los errores, aunque me resulta más difícil recordar a quienes no me dejaron huella alguna. Sin embargo, desde hace algunos años observo cómo los adolescentes que me esperan cada día en el aula van cambiando y algunas de las estrategias infalibles empiezan a tambalearse. Evidentemente necesito nuevas experiencias personales para combatir la brecha generacional que se agranda a medida que avanza el siglo.

Llevo años formándome en torno a las TIC y he desarrollado numerosos experimentos en distintos institutos en los que he trabajado. Blogs de aula, modestas wikis, proyectos colaborativos… Todos un éxito, pero todavía aislados. Me he sentido algo sola algunas veces, todavía muchos de mis colegas se resisten al cambio y siguen pensando que la causa de los malos resultados está solo en la falta de estudio de los alumnos. Yo sé que son excusas. Los alumnos quieren aprender, pero tenemos que utilizar códigos parecidos.

“¿De verdad puedo buscar la palabra en el móvil?” El alumno se sorprende y lo saca casi a escondidas, no se fía de que lo requise en cuanto lo encienda. Yo aprovecho para mostrarle la aplicación de la RAE que puede descargarse y tener siempre disponible. La mayoría de mis alumnos tienen a su alcance la tecnología, pero el uso que hacen de ella es muy limitado. Smartphones de última generación que sólo se usan para enviar whatssaps o para subir fotografías a Instagram, tabletas que únicamente soportan juegos repetitivos en sus pantallas de inicio, ordenadores personales que ni siquiera tienen instalado un procesador de textos… Se obsesionan con el número de seguidores que obtienen en las redes sociales y aumenta el número de observadores de su vida privada… “¿Profe, cómo que utilizas Twitter para trabajar?” Sorprendente.

No me conformo. No quiero cruzarme de brazos viendo como mis alumnos pasan de curso con la competencia digital suspensa. Me niego a que se gradúen sin adquirir las condiciones necesarias para formar parte de esta nueva sociedad de la información y la comunicación sin ser críticos y responsables con lo que reciben y comunican incansablemente a través de móviles, tabletas y ordenadores. Yo también soy de este siglo.

“Seño, ¿tú por qué no haces huelga?”

Seño, ¿tú por qué no haces huelga?

Hoy la inmensa mayoría (el porcentaje supera ampliamente el 90%) de los alumnos matriculados en mi instituto no han venido a clase. Han hecho huelga. Casi todos son menores de edad y muchísimos están obligados legalmente a asistir al centro bajo las siglas ESO, que protegen su derecho a la educación hasta los dieciséis años, como mínimo.

Hoy, excepcionalmente, sus padres o tutores legales podían rellenar un impreso que justificase la ausencia en el aula, sumándose así a la convocatoria de huelga general en el sector educativo español promovida por sindicatos docentes, estudiantiles y distintas asociaciones de padres y madres españoles. En este caso no importan las siglas. Están todos muy preocupados por los cambios que están a punto de producirse en las aulas de los colegios e institutos de este país, en cuanto se apruebe la LOMCE.

He intentado averiguar por mi cuenta la repercusión que los cambios de la nueva ley tendrán en mi instituto. No me ha quedado nada claro. No tengo argumentos suficientes para declararme en huelga; que dicho sea de paso, me parece una medida tan seria y respetable como absolutamente inútil. Quizá por eso el porcentaje de profesores que hoy hemos ido a trabajar es inversamente proporcional al de alumnos ausentes. ¿Estamos menos preocupados por los cambios? No lo creo. Los cambios nos preocupan a todos, pero los afrontamos de distinta manera.

Estoy segura de que muchos de lo compañeros que hoy no han ido al instituto en señal de protesta han dedicado a estas horas más de un rato a las clases de mañana, o a revisar trabajos de días atrás. No lo pueden evitar. Adoran su trabajo y sacrifican su tiempo o su nómina para reivindicar su labor, una de las más preciosas y despreciadas en este país. Ellos no saldrán en los medios de comunicación. Si acaso veremos a aquellos que encabezan las listas de los sindicatos docentes. Identificados bajo las siglas ideológicas correspondientes y amparados por las finanzas de partidos de diversa tendencia. Aparecerán ante las cámaras con el gesto crispado; probablemente por la vergüenza que les produce representar a un colectivo que sólo les preocupa cuando ven peligrar sus propios intereses.

Ningún representante sindical ha venido nunca a la sala de profesores de los distintos centros educativos en los que he trabajado para interesarse por nuestras necesidades docentes. Nunca he visto a nadie con iniciales de ningún sindicato en la camiseta en las oficinas de la Consellería de Educación, a pie de registro, para ayudar a los profesores y maestros con la burocracia pesada con la que ha de enfrentarse todo funcionario. Tampoco en los primeros días de curso, o en época de renovar matrículas he visto a mis compañeros liberados por sus sindicatos informar a los padres de que la escuela pública es la mejor opción. No tienen en los centros horario de atención a padres, profesores o alumnos. No se interesan por la falta de recursos en las aulas, por el absentismo escolar, por la apatía de los alumnos que fracasan, por las necesidades educativas especiales… no al menos en primera línea, no en la distancia corta del aula.

“No me lo puedo permitir”, me decía ayer un alumno de Bachillerato que no secundó la huelga de estudiantes. “No me lo puedo permitir”, me decían hoy algunos compañeros en la sala de profesores. El contexto cambia el significado del mismo enunciado. El alumno ha vuelto al instituto con 22 años y lleva cuatro de retraso con sus compañeros. Los profesores hemos perdido casi el 20% de nuestro poder adquisitivo en dos años y tenemos que pagar más impuestos directos e indirectos a final de mes.
Sabemos que la formación es todo cuanto tenemos para enfrentarnos al presente crítico y al futuro incierto; por eso no creo que ausentarse de las aulas sea una buena medida contra nada. Los centros educativos deberían estar llenos de alumnos, familias, profesores, trabajadores, representantes de la administración, periodistas, profesionales de distintos sectores, parados … realizando jornadas informativas y formativas para toda la comunidad educativa, para toda la tribu necesaria en esta valiosa tarea de la educación.

Demostremos a los alumnos que esta sociedad sólo funciona si todos colaboramos, enseñémosles en vivo los distintos sectores sobre los que se sostiene la economía, hagámosles reflexionar acerca del coste económico de un sistema educativo que muchos desprecian a diario pero que seguimos ofreciéndoles cada día. Hagamos partícipes a los padres de nuestros alumnos de cuánto amamos esta profesión citándoles para que nos conozcan, contándoles aquello que ellos se pierden de sus hijos, hablándoles de nuestros proyectos…

“Seño, ¿tú por qué no haces huelga?” Me ha preguntado un alumno de 1ºESO esta mañana. Apenas tiene doce años. Apenas lleva un mes en el instituto. “¿Y tú?” Le he preguntado yo a él. “Mi padre no quiere que esté todo el día por la calle”, ha sido su respuesta. Él lo tenía claro. Yo no he sabido explicarle el porqué de mi asistencia.

Verónica Padilla Monserrate, profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES La Mola.

24 de octubre de 2013.

Paseando con globos.

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Suelo andar por la calle con la cabeza llena de globos. Un ramillete de globos repletos de pensamientos que compiten con cualquier otra de mis tareas diarias, me mantienen a flote de la rutina. Nadie los descubre. Se confunden con la prisa si olvido saludos, parecen preocupaciones si me distraigo en aburridas conversaciones. Y yo sé que están ahí. Como burbujas flotantes, frágiles aunque persistentes. Soy yo misma. Los globos encierran mi verdadero perfil en un manojo de rasgos que no aparentan nada porque son solo de mi propiedad. A veces me molestan. Insisten en dejarse ver. Pero yo soy más fuerte, gracias a ellos. ¿O debería decir ellas? Las ideas, los pensamientos, las palabras… nunca me ha preocupado el género en el que se incluyan, porque me aterra la idea de que me abandonen.

Para no pensar en voz alta.

Nadie es perfecto, y yo no iba a ser menos.

No sé si me acostumbraré algún día a la normalidad de ser rara. Me costó muchos años asumirlo, hacerme cargo de que aquellas cosas que para mí eran obvias provocaban confusión o extrañeza en “los demás”. Al principio asocié mi rareza a los desajustes de la adolescencia pero tuve que abandonar pronto aquel pretexto. Luego fui descubriendo a otros “raros” y empecé a sentirme cómoda con ellos, a pesar de que a muchos de ellos nunca les he confesado el origen de nuestra afinidad.

Verónika decide morir me ha devuelto estos pensamientos que, normalmente, mantengo apartados como en una especie de terapia de defensa personal.